¿Sabés qué me di cuenta?
Prefiero al personaje que creaste a través de los correos que me enviaste, los mensajes de texto, el estado de Facebook o las pequeñas notas que me dejaste colgando de un imán en la refri.
Prefiero tus rimas, las frases ingeniosas a modo de guiño, los argumentos que me incitan a pelear contigo, el humor que termina subrayando tu inteligencia y sobre todo, las provocaciones que se entrepiernan.
Prefiero tus sinónimos, pero más tus antónimos, la bondad de tus adjetivos y el esfuerzo de tus sustantivos. Ante todo, prefiero tus impertinencias y esas malas palabras que me besan el cuerpo.
Prefiero tus garabatos, tus líneas torcidas, tu letra de molde, tu despreocupación por la estética de la caligrafía y esa capacidad que tenés de reírte de vos mismo a la hora de poner tu firma.
No sé que decirte, te prefiero en papel y no en persona.
Si estuviéramos en el Siglo XVIII, quizá esto hubiera funcionado.
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