Los puntos de la cirugía parecen que no van a aguantar mucho más. La herida del torso ya supura y sangra. Es difícil tratar de limpiarse uno solo. A mí, las lágrimas ya me arden en el rostro.
Tocan la puerta. Ahí estaba él. Me ayuda a quitarme la blusa y con algodón en mano, me ayuda a curarme. Primero, la limpia con agua y borra el rastro de sangre. Le pone un ungüento que alivia el dolor y me envuelve el torso en gasa.
No dice nada, pero su gesto lo dice todo. Yo, nada más, lloro. Él seca mis lágrimas con el dedo pulgar, me mira con los ojos también aguados y roza mis labios para fundirse en el beso más dulce que alguien me haya dado en la vida.
¿Me creen si les digo que no lo conozco? Y sin embargo, ayer soñé con él.
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