Ya tengo la edad que tenía él cuando lo conocí. A veces, en la soledad, evoco su recuerdo.
No soy tonta. Lo que tuvimos quizá no fue nada. Solo fue el encuentro, la coincidencia, de dos personas que llevaban muchos años en altamar. Una historia quizá acentuada por la soledad. La verdad, no importa. Es mi autoengaño. Algo que recordar. Algo para contarle a las sobrinas, cuando las tenga.
"Sin teléfonos. Sin correos. Sin ataduras". Yo le prometí no escribir esta historia.
Sin embargo, un día de estos, me encontraba acomodando cosas. Encontré el libro de Pérez-Reverte, el reloj del Principito ya descolorido y sin batería, los palillos chinos que nunca usé en el sushi donde fuimos en Panamá, papeles... incluso, el informe de trabajo.
Y, entre todo eso, encontré unas tarjetas de presentación. Una con mi nombre y al reverso, con pluma azul como el océano que nos separa, su nombre escrito con una grafía tan tosca como sus manos.
Mentiroso. Sí me dejaste el correo electrónico.
3 comentarios:
Me alegra que no hayás cumplido tu promesa. Hace mucho que esperaba esta historia por escrito.
Por alguna razón, cada vez que recuerdo a Coy se me viene a la mente un corillo que dice así: "tener en cada puerto un amante distinto..."
Será q mandaste el correo de Julio 2010??? :O
Jejeje. Jess, al final, no envié ese correo de julio 2010. Ese correo iba dirigido a otra persona.
Con respecto al protagonista de este post, no lo volví a ver. Mejor así. Como dice Sabina: "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver" ;)
Un abrazote!!
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