sábado, enero 29, 2011

El reverso de la tarjeta II

Retomar la rutina: 6 a.m. Ducha. Desayuno. Bus a la capital. Bus a Pavas. 8 a.m. Buenos días. Responder correos. 9 a.m. Reunión por skype. Revisar el monitoreo. 11 a.m. Visita del jefe. "Mirá, todo muy bien". 12 m.d. Almuerzo. Redactar informe. 3 p.m. Llamada de Panamá. "No es complicado. No te preocupés. Mirá, yo lo hice así y asá". 5 p.m. Nueva visita del jefe. "La oficina de Panamá es un desastre. El barco llega en unos días y no tienen nada planeado". 6 p.m. "Te vas a Panamá. Hacé los arreglos".

Todo fue tan apresurado que no me había percatado que lo volvería a ver. Estaba inmersa en los pendientes, la coordinación, dejando instrucciones a mi asistente... Llegué a Panamá y seguí con pendientes, cosas por coordinar, contrataciones...

Esa mañana me dirigí al Causeway. Una carretera en línea recta y, a ambos lados, agua... árboles... bancas... El muelle...

- El barco viene a tiempo. Vamos a esperarlo al muelle donde atracará.

Él venía al timón. Después me contaría que se le dibujó una sonrisa cuando me vio... esperándolo.

- ¿Esto quiere decir que se nos dio una segunda oportunidad?

- Supongo.

Los siguientes días pasamos rodeados de gente. Recorrimos toda la ciudad buscando la lavandería donde dejó, y casi pierde, la ropa. Tomamos café en el malecón. Bebimos cerveza en una yarda. Buscamos un restaurante español, "tienes que probar los mejillones", donde no lo dejaron entrar porque iba con pantalones cortos. Terminamos comiendo sushi.

- Ese reloj trae a El Principito.

- Sí, retrata mi pasaje favorito.

- "Domestícame".

- Veo que te gusta leer.

- Leo sobre mar.

- Hey, yo me acabo de terminar un libro sobre mar.

- ¿Cuál?

- "La carta esférica" de Arturo Pérez-Reverte.

- Lo conozco, y muy bien. ¿Te acuerdas como es Coy?

- "No era un tipo atractivo: su estatura algo menos que mediana destacaba en exceso la anchura de los hombros, que eran vigorosos, con manos anchas y duras, heredadas de un padre comerciante sin suerte de efectos navales, que a falta de dinero le había dejado aquel modo de andar balanceante, casi torpe, de quien no está convencido de que la tierra que pisa resulte digna de confianza. Pero las líneas toscas de su boca amplia y de la nariz grande, agresiva, quedaban suavizadas por unos ojos tranquilos, oscuros y dulces, que hacían pensar en ciertos perros de caza cuando miran a sus amos. También había una sonrisa tímida, sincera, casi infantil, que asomaba a sus labios a veces, reforzando el efecto de aquella mirada leal, un poco triste (...)". Un momento, no me estás diciendo...

- ¿Te asustaría pensar que soy el personaje de tu libro?

- Para nada...

Una de las chicas del barco nos había estado escuchando. Yo guardé silencio.

- ¿Pudiste llamar a tu casa y hablar con la madre de tus hijos?

- Sí.

Era tarde y el restaurante ya lo estaban cerrando. Yo debía volver al hotel con un grupo de personas que estaban usando mi habitación como base de operaciones para editar un video. Él iba a dormir al barco.

- ¿Vamos al barco conmigo?

- La verdad es que no puedo.

- Solo una noche.

- En serio, no puedo y me esperan.

Era vasco y a veces me decía cosas en euskera.

- No hagás trampa, no te entiendo.

- Mejor así, sino tendría que hacerme responsable de las palabras.

Un breve silencio.

- No te preocupés, me tiene sin cuidado lo que dijo esa chica.

- Mañana me voy.

- ¿Por qué? Pensé que zarpaban en unos días.

- Tengo que volar a EE.UU a comprar repuestos para preparar el barco para el cruce del Atlántico.

- ¿A qué hora sale el vuelo?

- A las 9 de la noche, pero tengo que estar en el aeropuerto a las 6. ¿Me prometes que vienes a despedirte?

- Lo prometo.

Esa mañana tuve que salir de la ciudad y el viaje de regreso demoró más de lo planeado. Llegué al hotel a las 7 p.m. Me senté en la cama, un poco acabangada. Sonó el teléfono.

- Señorita, aquí en recepción le espera un caballero.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, él estaba ahí: pantalón gris, camisa blanca, sandalias y un maletín de lona, a lo marinero.

- No podía irme sin despedirme.

- Buen viaje, buena vida.

- Sin teléfonos. Ni correos. Ni ataduras.

- Sin nada más que el recuerdo.

Nos fundimos en un abrazo. Un beso en cada mejilla. Otro abrazo. Un beso...

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