Lo conocí por casualidad. Era uno más en el grupo de marineros y sinceramente, no le presté mucha atención. Yo, trabajaba. Debía entregar un documento a revisión y me encontraba escribiendo en la mesa de la cocina. Él, cercano, lavaba la ropa acumulada de más de un mes.
- Cuando terminas, ¿me prestarías el ordenador? Llevo un poco más de un mes navegando y quisiera escribir a casa.
- Claro, nada más dame chance de terminar este informe y la compu será toda tuya.
Él siguió lavando, y yo escribiendo. Terminó antes y se sentó en la mesa de la cocina, justo al frente. "Ah mae, no me diga que me va a empezar a hacer presión psicológica", pensé.
- Mirá, en serio, apenas termine te dejo la compu.
- Sí, claro. Está bien.
- No tenés que quedarte sentado esperando. Si querés, cuando termino, te llamo.
- No me molesta esperar y menos si puedo verte.
Con esa frase, lo volví a ver y me percaté de su presencia. Piel tostada por el sol. Brazos de sal. Mirada profunda como el mar. Experiencia tatuada en la planta de sus pies. Me sonrojé y le dejé la computadora.
Compartimos la cena. Se sentó a mi lado. Me miraba, yo le sonreía.
- ¿Estás segura que nunca viste esa serie de televisión? Se llamaba Verano Azul.
- No la vi.
- Pero, ¿cuan joven puedes ser?
- Lo suficiente, supongo.
Se despidió en la oscuridad de la noche con dos besos, uno en cada mejilla.
- Sé que estás muy ocupada, pero prométeme que vendrás a verme al barco.
- Haré el intento.
Mentiras. Los siguientes días, el trabajo nos colmó la agenda. Él tenía que preparar el barco para el viaje. Yo tenía que atender las exigencias de un jefe ansioso por salir en medios.
Llegó el día del gran evento. Como parte de las actividades, después de la conferencia de prensa, se contemplaba una visita al barco. Lo busqué con la mirada y no estaba. "Quizá anda haciendo mandados o está muy apurado", me dije.
El sol se colocó en zenit e irradió todo su calor. La garganta reseca. La botella de agua está en el carro. Lo vi venir, cargaba su cantimplora. Me besó en la mejilla, una vez.
- Creo que esta es la despedida. Zarpamos al anochecer. ¿Vienes a despedirte?
- No lo creo. Apenas termine esta visita, me marcho. Supongo que nos despediremos acá.
- No.
Le dije adiós con una sonrisa y lo dejé en proa. Terminado el trabajo, me puse a empacar y guardar las cosas en el carro.
- Deja, yo lo cargo.
- Pensé que ya te ibas.
- En un par de horas. Deja, yo lo llevo.
Me acompañó a la puerta y me tomó de la mano.
- Me hubiera gustado tener más tiempo.
- A mí también. Pero, hey, si volvés ya tenés guía turística. Tenés que recorrer este país, es hermoso.
- Sí, me he dado cuenta.
- Claro, en el viaje conociste Isla del Coco. Una joya.
- Sí, eso también.
Un abrazo, precedido por un beso.
- Buen viaje.
1 comentarios:
Verano Azul es una de mis series favoritas, un recuerdo brillante, reluciente, de unas vacaciones que nunca tuve y que siempre quize.
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