jueves, noviembre 11, 2010

El porteño

Se acostumbró a ver escondiendo la mirada en el sombrero. Usaba el cabello corto, engominado y perfectamente dispuesto sobre su cabeza. Traje gris, a rayas, tirantes y corbata. Zapatos grises a combinación. A lo capo.

No sonreía. No hacía falta. Pero, cuando lo hacía, solo cedía a una media verdad que se le atoraba en los labios. Estaba ligeramente sentado en un taburete, a mediana altura. Esa posición lo eregía, evidenciando la línea de su figura.

Sabía que lo veía y disfrutaba sabiéndolo, me seguía la corriente a pesar de tener una alianza de oro incrustada en el dedo del corazón. Miraba para luego hacerse el indiferente.

Verlo caminar era un espectáculo. Cuando algo (alguien) le interesaba, bajaba del taburete, se acomodaba el saco y caminaba sin mirar al suelo, resuelto, sin perderle la mirada al objetivo. ¿Quién puede resistirse a esa sensual arrogancia?

No hablaba. No hacía falta. Apenas extendió su mano, ella supo cuáles eran sus intenciones. Ahí, en medio del salón, empezó ese juego que, en Buenos Aires, se llama tango.

video

* Video tomado en Plaza Dorrego, San Telmo (Argentina). Nov. 2010

1 comentarios:

Dani dijo...

"¿Quién puede resistirse a esa sensual arrogancia?". Me encanta.